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Science and its times. Vol 2. 700 to 1499 (Parte 21)




El otro día tuve una charla con un musulmán suní sobre algunas cosas del islamismo. Al muchacho se le veía interesado, pero demasiado fiado de lo que leía en Internet. Y hablando de los logros musulmanes hablaba de que habían sido los musulmanes los que habían explicado primero el proceso de la visión.

Algo que ya sabíamos, le dije, como también le dije quién lo había hecho. Sorprendentemente, no había oído hablar de Al-Haytham. Algo que me extrañó mucho: no conocer a uno de los mayores pensadores de la historia musulmana y, posiblemente, del resto del mundo.



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Un científico que revolucionó el conocimiento en óptica, por ejemplo. En su tiempo, y aceptado desde la época de los griegos, la óptica se relacionaba directamente con el proceso de la visión, sin rebatir que  debía haber un contacto directo entre el ojo y el objeto visto. Las diferentes explicaciones sólo diferían en cómo sería ese contacto, que se podrían agrupar en dos:

- La teoría de la intromisión, que consideraba que los objetos emitían pequeñas imágenes de sí mismos a través del aire hasta alcanzar al ojo. Algo bastante próximo a la presencia de los fotones actuales, pero básicamente incorrecto.

- La teoría de la extromisión creían que era el ojo el que emitía una especie de fuego invisible que alcanzaba a los objetos revelando sólo entonces sus formas y colores. 

Haytham argumentó contra la extromisión diciendo que la "materia" que tendría que salir del ojo para actuar sobre todos los objetos que podemos ver permanentemente debería ser enorme y también muy rápida, sobre todo en el caso de objetos en movimiento o muy lejanos.

Anteriormente, otro científico musulmán, Al-Kindi ya había señalado algunos de los defectos de la teoría de la intromisión: si un objeto emite esas "imágenes" de sí mismo en todas las direcciones del espacio (pues sólo así sería posible que varias personas viesen el mismo objeto al mismo tiempo), el ojo se vería saturado por la enorme cantidad de "imágenes" que recibiría de todas partes de su campo visual.

Así que Haytham modificó la teoría de la intromisión. Él evitaba la confusión indicada por Al-Kindi considerando que habría una única "unión" entre cada punto de los objetos en el campo visual y otro punto en el ojo: precisamente aquella que incidiese perpendicularmente (recordemos que los musulmanes fueron grandes geómetras), que sólo puede ser única. El resto de "rayos" no incidirían perpendicularmente y no podrían incidir de forma efectiva sobre el ojo, por lo que no se "verían".



El muchacho del que hablaba al principio tampoco conocía a Ibn Sina (el Avicena más común), otro gran fiósofo y científico musulmán y universal. Un pensador que adaptó las ideas aristotélicas y platónicas a la teología islámica (lo mismo que haría la escolástica posteriormente en el mundo cristiano). Pero también tenía sus propias ideas sobre la óptica y la visión: como una teoría corpuscular de la luz, que consideraba que tenía una velocidad finita (no el valor actual, pero una gran idea de todas formas). También distinguía entre la energía térmica y la mecánica (que más adelante relacionaría la termodinámica), así como desarrollos de los conceptos de fuerza, infinito y vacío. Y dedicó pensamientos a la relación entre tiempo y movimiento, que consideraba debían estar inter-relacionados, pues el tiempo no tendría sentido en un mundo sin movimiento.

Además, también estableció una clasificación de los minerales entre sulfuros, sales, metales y piedras, que estuvo en uso hasta finales del sigo XVIII. 


El caso es que el muchacho del que hablo, a pesar de todo, seguía basándose en la fe y la aceptación sin discusión de los correspondientes principios religiosos.

Cuánta razón tenía nuestro querido Ockham: pluralitas non est ponenda sine necessitate. Algo así como que lo complejo no debe usarse si no es necesario. De ahí derivaría la famosa navaja de Ockham, esa de que para explicar algo es mejor usar la menor cantidad posible de presupuestos (o que ente dos teorías que expliquen un mismo echo, es posiblemente más correcta aquella que tenga menos presupuestos). La famosa ley de la parsimonia (en el sentido original del término latino), que es incluso anterior a Ockham, pues se asocia primero con Durand de Saint-Pourcain, aunque fue el otro quien la usó con más éxito.

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