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Science and its times. Vol 5. 1800 to 1899 (Parte 1)

Un nuevo siglo, el XIX, conocido generalmente como el siglo de los inventos. Tantos hubo que alguno se vino arriba y terminó diciendo aquello de que ya se había inventado todo lo que se podía haber inventado.

Un poco demasiado optimista tal vez. Aunque a lo mejor no tanto, porque mucho de lo que vino después durante el siglo XX, sí que puede considerarse sólo como el perfeccionamiento de lo ya inventado en el siglo XIX. Y fue ese sentimiento de que ya se había alcanzado el cúlmen del conocimiento el que marcó a muchas mentes del XIX. Que ya sólo quedaba el desarrollo, la "ingeniería" de lo ya pensado por los científicos más puros.

Aunque algunos fueron capaces de imaginar un futuro distinto del que habían tenido sus antepasados más cercanos. Y es por eso, tal vez, que es en el siglo XIX cuando aparecen con fuerza dos géneros literarios con gran fundamento en la ciencia: La literatura de misterio y la de ciencia-ficción. Detectives que aplicaban el método deductivo (como el A. Dupin de Edgar A. Poe, antes que el inefable Sherlock), escritores que aventuraban cómo sería el mundo del mañana o los viajes espaciales (como H.G. Wells o Verne). En algunos casos, al final fueron más predicciones que ficciones.

Por supuesto, todo ello no hubiera sido posible sin los cambios que hubo en el siglo anterior, lleno de revoluciones y roturas (radicales en muchos casos) con lo establecido desde épocas pretéritas. Unas revoluciones más bien culturales y políticas, pero que abrieron el camino para revoluciones también en la ciencia, tal vez más lentas en su desarrollo pero no menos importantes. Aunque pocos pensasen que había algo más allá de la física de Newton o la química de Lavoisier.

Sí que hubo grandes logros en la ingeniería de trasladar los inventos de la ciencia a la vida de la mayoría. Se descubrió el potencial de la ciencia para cambiar los usos y las costumbres, pero no la consciencia de que se podría conseguir un mundo "nuevo". La ciencia se transformó, un poco, en una nueva verdad absoluta, como lo había sido antes la tradición y la religión.

La ciencia del siglo XIX tuvo la tarea de racionalizar el universo. Algo que tuvo más éxito con lo inanimado o con la naturaleza que con el propio ser humano. Aunque el universo se pudiera explicar con la mecánica newtoniana, el ser humano seguía explicándose con misticismos marcados por la religión y sus "verdades" creacionistas.

Pero poco a poco, la ciencia fue realizando su labor de zapa de prejuicios y falsedades. Y casi con el siglo XIX aparecieron químicos como Dalton, retomando la vieja idea de los átomos como constituyentes fundamentales de la materia, y su corolario de nuevos elementos descubiertos (63 hacia 1869).

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Hasta que casi al final del siglo, Mendeleev encontró la forma de agruparlos en una tabla "periódica" que daba sentido a su comportamiento químico. Y que permitió predecir la existencia de otros elementos que fueron descubiertos más tarde. Por no hablar del uso de la química en múltiples facetas de la vida, desde tintes para tejidos a nuevos fármacos; explosivos para grandes obras de ingeniería y para matar de forma masiva y terrible.

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No sin resistencia, sobre todo, como ya se indicó, en lo referido al ser humano, supuesto vértice de la "creación". No hubo problemas para racionalizar el resto de la naturaleza, desde las pequeñas células a los continentes y las galaxias. Pero con los seres humanos topamos con la religión y sus falsos dogmas. Hasta que un jovencito Darwin con 22 años realizó un viaje que a la postre tendría consecuencias devastadoras para esos dogmas. Tanto que no se atrevió a publicarlas durante 27 años más, en 1859, cuando salió a la luz su Sobre el origen de la especies y la palabra evolución hizo tambalear los cimientos de la religión.


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Porque la evolución no sólo afectaba al ser humano, también exigía un mundo más antiguo que el bíblico. Y al hacernos íntimamente iguales a los demás seres vivos, nos apeaba del pedestal de la "creación". Aunque para ello hubo que esperar casi otros 20 años, a La descendencia del hombre, de 1871.

Un golpe tan brutal que incluso fue mal interpretado por los llamados darwinistas sociales, retrógrados que prostituyeron el trabajo de Darwin para justificar invasiones, colonialismos, abusos, explotaciones, eugenesia, genocidios... Incluso por encima del trabajo precursor de la moderna genética del monje Mendel (trabajando con humildes guisantes).

Pero la evolución también explicaba aspectos más "atractivos" como los fantásticos dinosaurios y el mundo primitivo cuyos restos fósiles despertaban pasiones y una búsqueda frenética del "eslabón perdido" entre los neandertales y el hombre "moderno".

 Y otros inventos más modestos, pero no menos "revolucionarios" como las máquinas para transportar personas y mercancías, o los telares y máquinas de coser casi automáticos, que incrementaron la productividad de los tradicionales artesanos (que pasaron a ser obreros) y, a veces peor que mejor, permitieron a la mujer entrar en el círculo de la producción.

Por no hablar de Bell y el teléfono, Fulton y el barco de vapor, Edison y la luz eléctrica (con permiso del genial Tesla, claro). Y algo realmente novedoso: La producción y distribución de "cosas" en masa, accesibles para la mayoría y no sólo para los privilegiados de siempre. Y con ese mayoritario acceso también hubo una mejora de las condiciones de vida.

Otros grandes científicos de la época no lo fueron hasta más adelante cuando se pudo desarrollar todo el potencial de sus ideas. Como en el caso de Maxwell, el primero en unificar electricidad y magnetismo, de forma matemática, de tal manera que todavía es un conocimiento fundamental en el desarrollo de nuevas tecnologías casi dos siglos después. Un verdadero genio, cuyas ideas marcan un antes y un después de casi todo.

https://www.google.es/url?sa=i&rct=j&q=&esrc=s&source=images&cd=&cad=rja&uact=8&ved=0ahUKEwjC0qr7t_rKAhWBuhQKHUTDDvAQjRwIBw&url=http%3A%2F%2Fnature.com%2Fmaxwell&bvm=bv.114195076,d.d24&psig=AFQjCNG-Bkx7e-VBkcBVBRHQ9_xyyi_fKw&ust=1455648624730595

Demasiados grandes logros de la ciencia, con aplicaciones en la vida diaria, que hicieron creer que ya había respuesta a todas las preguntas, que ya estaba todo dicho, la nueva verdad absoluta y matemática, precisa y grabada a fuego en el universo.

Aunque fue la propia matemática del siglo XIX la que introdujo el concepto de probabilidad: Irónicamente, la ciencia más exacta nos enseñaba la práctica imposibilidad de la certeza absoluta, que afectaría a todo el universo. Concepto que posteriormente se sofisticaría con las incertidumbres de Gödel, Heissenberg y los demás cuánticos.

Cuando todo parecía ajustarse como las piezas de un puzle, cuando la ciencia parecía que nos proporcionaría la máxima calidad de vida, cuando no había límites al crecimiento, nuevamente el ser humano demostró su capacidad para usar los nuevos conocimientos para el odio, la destrucción, el dominio, la explotación. Tal vez está en la propia naturaleza del ser humano no aprender que el progreso debe beneficiar a todos, no sólo a los privilegiados que viven en el lugar adecuado y en el momento oportuno.

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