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Science and its times. Vol 4. 1700 to 1799 (Parte 9)

Si hubo debates ridículos como el de los preformistas y los epigenésicos, también hubo otros mucho más productivos. Un debate entre las ideas sobre la mente teniendo por un lado a Hume y el asociacionismo y por otro a Kant y las facultades mentales, sólo podía traer beneficios para el progreso humano.

Pero esto de la naturaleza humana empezó antes, con el llamado paralelismo psicofísco, que consideraba que la mente y el cuerpo eran entidades diferentes, sin interacción, pero con actos coordinados debido a que eran influenciados por los mismos fenómenos externos a la persona. Dentro del paralelismo se desarrolló una corriente de pensamiento en Inglaterra llamados asociacionistas o empíricos, con Hobbes y Locke a la cabeza. Su idea básica era que la mente se desarrollaba mediante la experiencia y que los conceptos más complejos provenían de las asociaciones de ideas y sensaciones básicas o más simples.
 
También estaba George Berkeley, un obispo anglicano que quería unir cristianismo y ciencia. Era un filósofo idealista, literalmente, es decir, que consideraba que la realidad física sólo existía como sensaciones o ideas en la mente. El razonamiento era un poco enrevesado, pues si realmente las cosas sólo existían cuando eran observadas o “sentidas” qué pasa con esas cosas cuando no son observadas? Evidentemente, no podía negar que las cosas siguen existiendo aunque no las veamos. Así que para conjuntar la existencia de las cosas, con el idealismo de que las cosas sólo existen en la mente, pues debe haber una “mente” universal y omnipresente que esté constantemente pensando en todas las cosas para que tengan existencia fuera de nuestras propias mentes. Efectivamente, esa “mente universal” es dios. Y así queda “demostrada” la existencia de dios, de paso.
 
Otro que aportó su punto de vista fue David Hartley, quien correlacionó la actividad psicológica con el asociacionismo utilizando la idea de Newton sobre la visión (que la vibración de la luz debía causar una vibración análoga en el ojo, que se transmitiría posteriormente al cerebro, originando la sensación de ver). Hartley aplicó esa idea a todos los sentidos, por lo que debían existir pequeñas vibraciones en todos los nervios. Y que el aprendizaje sería el resultado de asociar todas las yuxtaposiciones de esas “vibraciones sensoriales” con las ideas que se forman en la mente. Además, yendo todavía más allá, consideraba que la mente era inmortal y que persistía tras la muerte. Lo cual está muy bien si la persona había sido buena, pero que es más problemático cuando la persona había “creado” una mente inmortal malvada.
 
Otro David que estaba en este grupo era David Hume. Este distinguía entre las impresiones, que se percibirían con los sentidos, y las ideas, que se pensarían con la mente. Las ideas serían sombras, como imágenes difuminadas. Con la excepción de los sueños vívidos o las alucinaciones enfermizas, que crearían ideas casi con las características de las impresiones. Las impresiones simples evocarían ideas simples;  pero no necesariamente, las impresiones complejas darían lugar a ideas complejas.
 
Además, consideraba que las impresiones podían ser sensaciones o reflejos. Las sensaciones serían objeto del estudio de los científicos, y él se centró más en los reflejos, que se originarían por el acoplamiento entre las ideas originadas por las sensaciones previamente experimentadas y las ideas de placer o dolor que pudieran causar esas sensaciones experimentadas. El resultado serían las impresiones de deseo o aversión, esperanza o miedo.
 
¿Y cómo procesa la mente las ideas e impresiones? Según Hume, mediante tres principios: la semejanza, la proximidad en el tiempo y el espacio , y el de causa-efecto. La mente tendería  a interpretar un evento que precede a otro como su causa (si aprieto el interruptor de la luz ésta se enciende o apaga), y su repetición en el tiempo crea hábitos (siempre que aprieto el interruptor pasa lo mismo) y expectativas (si al apretar el interruptor no pasa lo esperado, algo no funciona bien). Pero Hume consideraba que era imposible de demostrar la validez absoluta del principio de causalidad (creo recordar que en el comportamiento de la materia a nivel atómico hay ocasiones en las que este principio no se cumple, como seguro saben los mecánicos cuánticos), y que lo único que vale es la experiencia de cada caso individual. en el ejemplo del interruptor y la bombilla, no hay la certeza absoluta de que siempre que se apriete el interruptor la bombilla se encendiese o apagase, incluso cuanto todos los elementos de ese sistema estuviesen bien. Lo más que podemos saber es que cada vez que se use el interruptor pasará algo y que eso no debe indicar lo que pueda ocurrir la siguiente vez. De ahí a la teoría del caos creo que sólo hay un paso.
 
Y ya que no se puede demostrar la validez absoluta del principio de causalidad, Hume arrasó con todo y dijo que tampoco se podía demostrar la existencia (o la no existencia) de dios ni, ya lanzados sin freno, la existencia del propio mundo físico fuera de cada uno.
 
Unas ideas que dan vértigo, las de Hume.
 
¿Y qué decían del otro lado del debate? Pues eran partidarios de las llamadas “facultades mentales”, que dividían la mente en “compartimentos” independientes para el razonamiento, la memoria, las emociones, el deseo… Y ahí estaba Kant, quien consideraba el idealismo de Berkely demasiado simple y burdo, por lo que ideó el idealismo trascendental. En esta idea, la mente y los objetos físicos no podían ser entidades separadas, sino que la mente participaba en el proceso de percibir los objetos físicos organizando las experiencia individuales en patrones mentales. Y es así cómo es posible conocer o saber cosas que no se han experimentado.
 
Un razonamiento interesante que degeneró en la pseudo-ciencia de la frenología, según la cual se identificaban zonas del cráneo (no el cerebro) con determinadas facultades mentales. Así que irregularidades o deformaciones de los huesos del cráneo se relacionaban con un mayor o menor desarrollo de las facultades “asociadas” a esas zonas.
 
Pero también tuvo sus cosas buenas (la idea de las facultades mentales, no la frenología), como modificar la metodología pedagógica del aprendizaje en las escuelas, desarrollando nuevas herramientas para ejercitar y mejorar esas facultades.




















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